Esa tarde se quedaron platicando de muchas cosas, el chico se llamaba Alfredo y se encontraba perdidamente enamorado de Caroline
Antes de despedirse, Alfredo le robó un beso que ella correspondió y con un simple intercambio de palabras esa noche se hicieron novios.
Al volver a su casa, Caroline estaba feliz, aun no podía creer que un chico tan guapo se hubiese enamorado de ella, se quedó el resto de la noche sentada en un borde de su cama con la rosa negra entre las manos, pensaba que esta era la más hermosa flor que sus ojos hubiesen visto, acarició sus pétalos una vez más y tras sonreír, la guardó para poder conservarla
Alfredo y Caroline comenzaron a salir y cuando no podían verse, nunca faltaban los mensajes de texto, las llamadas, o las horas enteras chateando y algo era seguro:
Caroline jamás había amado a nadie, tanto como ahora lo amaba a el, por fin se sentía completa el vacío que antiguamente la atormentaba, había desaparecido y en su lugar solo quedaba alegría.
Y fiel a la promesa que le había hecho Alfredo desde el primer día, el continuó llevándole rosas negras hasta que Caroline tuvo doce rosas con el intenso color negro.
